Era una noche cualquiera, insignificante para el
cosmos. El estaba preparando el ambiente. Una taza de café amargo con malicia
para amortiguar el frío de la noche de san Juan y así leer más a gusto un
cuento de un viejo y extravagante escritor local, empobrecido por la ausencia
de reconocimiento. De pronto la música de su computador se detuvo, algo
interfería en la conexión a internet, cuando lo fue a ver, vio en la misma página
de videos la miniatura de un otro relacionado que no estaba antes o que quizá
no notó… le llamo la atención por el
fondo monocromático de un verde aplastante y feo, como de fondo marino, además
de las 6 escasas visitas que tenía. Lo pinchó y se puso a leer.
Aquella composición musical pronto inundo la
desordenada habitación. Este tema posee la extensión de veinte seis minutos y
un segundo. A los 3:43 minutos decidió, con curiosidad inconsciente escuchar la
melodía extraña con audífonos. A los 7:21 minutos dejó de leer. A los 10:66
subió el volumen obsesionadamente. A los 15:33 un escalofrío zamarreó su
espalda y sus ojos lagrimaban, acto seguido se quitó los audífonos y los lanzó
como culpándolos. A los 15:36 intento expulsar su desesperación con un grito
que nunca salió, al percatarse que la canción continuaba vívida, no emitida del
computador, si no que, dentro de sí
mismo. A los 15:40 estalló la ventana y El se precipito contra el suelo desde
el segundo piso golpeando su carne y rompiéndose un par de huesos. Desde luego no murió por la poca altura. Si alguien lo
hubiese visto tumbado entre los cristales ensangrentados, habría visto que
sonreía desfiguradamente al ya no oír más las torturadas voces de la música.
Además de partirse la tibia y la fíbula y de las heridas engarzadas de vidrios,
sucedió otra secuela, enmudeció de por vida.